OFICINA DE PRENSA OPA

Dedicada al fortalecimiento pastoral de la Arquidiócesis de Mérida – Venezuela a través de los Medios de Comunicación Social

SALUDO DE SU EXCELENTISIMO MONSEÑOR PIETRO PAROLIN, NUNCIO APOSTÓLICO EN VENEZUELA

XCIX ASAMBLEA PLENARIA ORDINARIA
DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA
Caracas, 07 de Enero de 2013

Excelentísimo Monseñor Diego R. Padrón Sánchez, Arzobispo de Cumaná y Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana;
Eminentísimo Señor Cardenal Jorge L. Urosa Savino, Arzobispo de Caracas y Presidente de honor;
Excelentísimos Señores Arzobispos y Obispos miembros;
Colaboradores de la CEV-SPEV;
Directivos de Organismos de Representación Oficial de los Religiosos, Religiosas, Laicos y Educación Católica;
Ilustres invitados;
Representantes de los Medios de Comunicación Social;
Hermanos y hermanas, amigos todos.

Estamos todavía en el tiempo de Navidad, que se cerrará el próximo domingo con la fiesta del Bautismo del Señor y que es para los cristianos una ocasión muy particular de encuentro y de comunión. El Niño que adoramos en Belén nos invita a sentir el inmenso amor de Dios, el Dios que bajó del cielo y se hizo cercano a cada uno de nosotros para convertirnos en hijos suyos, en parte de una misma familia.

Esta familia es la Iglesia, como nos lo recordaba san León Magno, en días pasados, cuando afirmaba en uno de sus sermones que “la generación de Cristo es el origen del pueblo cristiano, ya que el nacimiento de la cabeza incluye en sí el nacimiento de todo el cuerpo” y que, “aunque cada uno de los que lama el Señor a formar parte de su pueblo sea lamado en un tiempo determinado y aunque todos los hijos de la Iglesia hayan sido lamados cada uno en días distintos, con todo, la totalidad de los fieles, nacida en la fuente bautismal, ha nacido con Cristo en su nacimiento”.

La Asamblea de la Conferencia Episcopal es un momento importante en el cual se descubre que la expresión “Iglesia-Familia de Dios ”, no es solo un concepto, una idea, sino ante todo una experiencia viva y una oportunidad privilegiada para reafirmar la unidad y el afecto fraterno que deben caracterizar siempre las relaciones del Episcopado en cada país, con y bajo el Sucesor de Pedro.

Esta Asamblea se celebra en el marco del Año de la Fe, que se ha iniciado el pasado 11 de Octubre, y dedicará parte de sus labores a preparar la Carta Pastoral sobre el Año de la Fe.

También los Obispos, queridos hermanos, estamos invitados a aprovechar esta iniciativa providencial, ofrecida por el Santo Padre Benedicto XVI para “iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo” (PF n. 2). El Obispo es hombre de fe, conforme a cuanto la Sagrada Escritura afirma de Moisés, quien, mientras conducía el pueblo de Egipto a la tierra prometida, “se mantuvo firme como si viera el invisible” (Hb 11,27). El Obispo juzga, realiza, soporta todo a la luz de la fe y pone su máxima confianza en la Divina Providencia, recordando a los santos Apóstoles y a tantos Obispos que, aún en medio de grandes dificultades y obstáculos de todo tipo, experimentaron en sí mismos la verdad y la fuerza de las palabras de san Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Fil 4,13). “Sean pastores

celosos – nos repite el Papa – guiando al pueblo de Dios como hombres fe, con confianza y valentía, sabiendo estar cerca de todos, para suscitar la esperanza, incluso en las situaciones más difíciles” (cf. Discurso a la Conferencia Episcopal de Mali, 18 de Mayo de 2007).

El nuevo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Arzobispo Gerhard Ludwig Müler, ha escrito que también el Obispo ha recibido la fe del anuncio de la Iglesia y debe dedicarse a su salvación con respeto y con temor (cf. Fil 2, 12). Por esto, necesita del anuncio y de la obra de salvación de la Iglesia y, a través de la fe vivida por el pueblo de Dios, es edificado, consolado, purificado e invitado al humilde reconocimiento de que nada nos podemos atribuir a nosotros mismos, sino que todo lo debemos a la gracia de Dios (cf. Prefacio al volumen de F. Fabene, El Obispo, maestro de la fe).

Padre y hermano en la fe, en medio de sus hermanos y hermanas, el Obispo es testigo y maestro de la misma fe. Porque la fe en Cristo se suscita a través del anuncio y, así, los hombres tienen acceso a la salvación. La transmisión de la fe, por medio del anuncio, es uno de los deberes más importantes de los Obispos; efectivamente elos: “son los pregoneros de la fe que ganan nuevos discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, o sea los que están dotados de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de ser creída y ha de ser aplicada a la vida y la ilustran bajo la luz del Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la Revelación cosas nuevas y viejas (cf. Mt. 13,52), la hacen fructificar y con vigilancia apartan de su grey los errores que la amenazan (cf. 2Tm 4,1-4) ”(LG n.25).

Por otro lado, los Obispos (y los sacerdotes) pueden ser auténticos maestros de la fe, sólo si tanto, en su disposición interior, como en su comportamiento exterior y en las relaciones con sus fieles, corresponden al ejemplo de Cristo.

Me parece que la tarea de testigo y maestro de la fe que califica, de manera particular, la misión episcopal, debe traducirse, en esta Año de la Fe, en un renovado esfuerzo de educación y de formación en todos los niveles. La investigación promovida en todos los continentes para la celebración del Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización ha evidenciado algunos peligros que confrontamos en la transmisión de la fe: el individualismo, el relativismo, una fe vivida de modo pasivo y privado, el rechazo de la educación en la fe, la fractura entre vida y fe. Con la consecuencia – como ha subrayado el Santo Padre en la catequesis del 17 de Octubre pasado – que “frecuentemente el cristiano ni siquiera conoce el núcleo central de la propia fe católica, del Credo, de forma que deja espacio a un cierto sincretismo y relativismo religioso, sin claridad sobre las verdades que creer y sobre la singularidad salvífica del cristianismo ”.

El Papa, en el Motu proprio Porta Fidei, insiste muchos sobre los contenidos de la fe, expresado en el Credo, que es la fórmula esencial de la misma, y propone el Catecismo de la Iglesia Católica, “auténtico fruto del Concilio Vaticano I” (n. 4), como el instrumento más seguro y adecuado para dar consistencia a la fe y formar a los cristianos (n. 12)

Al mismo tiempo, él precisa, por una parte, que el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que Dios revela y la Iglesia propone creer (n. 10). Por otra parte, insiste en el hecho de que estos contenidos o verdades de la fe se vinculan directamente a la existencia, a la cotidianidad y legan a ser “luz para los pasos de nuestro vivir, agua que rocía las sequedades de nuestro camino, vida que vence ciertos desiertos de la vida contemporánea” (Audiencia, 17 de Octubre de 2012).

El Papa vuelve a tocar el tema de la relación entre fe y vida en un artículo que, en ocasión de la Navidad, escribió para el diario Financial Times, de Londres, con el título: La Navidad, tiempo de trabajo en el mundo para los cristianos. Los cristianos no deberían huir del mundo, al contrario, deberían implicarse en él, trascendiendo toda forma de ideología (en cuanto parcial) y encontrando en el Evangelio inspiración para la vida diaria y para tratar los asuntos del mundo.

Los cristianos – afirma el Papa – luchamos contra la pobreza porque reconocemos la dignidad suprema de todo ser humano, creado a imagen de Dios y destinado a la vida eterna. Los cristianos trabajamos con vistas a un reparto más equitativo de los recursos de la tierra porque estamos convencidos de que, como administradores de la creación de Dios, tenemos el deber de velar por los más débiles y por los más vulnerables. Los cristianos nos oponemos a la codicia y a la explotación porque estamos convencidos de que la generosidad y el amor desinteresado, vividos y enseñados por Jesús de Nazaret, son el camino que leva a la plenitud de la vida. Y la fe cristiana en el destino trascendente de todo ser humano implica la urgencia de la tarea de promover la páz y la justicia para todos.

Esos fines son compartidos por muchos y, por lo tanto, es posible una gran y fruct ífera colaboración entre cristianos y los demás. “sin embargo – concluye el Papa – los cristianos dan al César solo aquelo que es de César, pero no lo que pertenece a Dios…. Cuando los cristianos rechazan inclinarse delante de los falsos dioses propuestos en nuestros tiempos no es porque son libres de lazos con las ideologías y están animados por una noble visión del destino humano que no puede aceptar compromisos con nada que lo pueda socavar ”.

Este empeño por la educación en la fe, en sus contenidos y en sus consecuencias vitales, que no podrá prescindir del riquísimo patrimonio de la Doctrina Social de la Iglesia, para aprender a vivir, en las decisiones y en las acciones cotidianas, la existencia buena y bela del Evangelio, tendrá que poner una especial atención en el tema de la vida. A este punto se refiere el Papa, en particular, en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del 1° de Enero de 2013, indicando el respeto de la vida humana, considerada en sus múltiples aspectos, desde su concepción, en su desarrolo y hasta su fin natural, como el camino para la realización del bien común y de la paz. “Auténticos trabajadores por la paz – escribe – son los que aman, defienden y promueven la vida humana en todas sus dimensiones: personal, comunitaria y trascendente. La vida en plenitud es el culmen de la paz. Quien quiere la paz no puede tolerar atentados y delitos contra la vida” (n. 4).

Para que pueda acontecer la paz, cada sociedad tiene además necesidad de reconciliación. Se pudiera decir que esta, junto a la justicia, es un presupuesto para la paz y define su naturaleza. Reconciliación-justicia-paz, ha dicho el Papa son “tres grandes palabras fundamentales de la responsabilidad teológica y social” del cristiano (Discurso aa la Curia Romana, 21 de Diciembre de 2009). El compromiso por la reconciliación nace de la misma fe, si recordamos las palabras del Apóstol Pablo: “Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombren de Cristo les exhortamos: ¡Déjense reconciliar con Dios! (2Cor 5,20).

El Papa explica muy bien que esta reconciliación con Dios es el fundamento de cualquier reconciliación entre los hombres. Dios, que sabía que no estamos reconciliados con Él, que veía que teníamos algo contra Él, se levantó y salió a nuestro encuentro, aunque Él tuviera la razón. Salió a nuestro encuentro hasta la cruz, para reconciliarnos. Esto es gratuidad: la disponibilidad a dar el primer paso, a ser el primero en salir al encuentro del otro, a negarse a proyectar la vida según un criterio puramente utilitario, comercial, mercantilista o reductivamente justiciero, con el principio del “yo te doy si tú me das” o “yo te doy solamente en la medida de lo que tú me das ”.

Esta gratuidad es lo que alimenta la reconciliación. No ceder, entonces, en la voluntad de reconciliación a través y más alá del conflicto. Dios nos ha dado ejemplo de elo y esta es la manera de legar a ser semejantes a Él; es una actitud que siempre necesitamos, una y otra vez, en la vida personal, familiar, social, política e incluso eclesial.

Queridos hermanos, en este trabajo de educación a la fe y de formación cristiana, a la que nos impulsa este Año de la Fe, tenemos que recurrir a todas las estrategias de la creatividad pastoral (que es una de las líneas que Benedicto XVI ha citado, expresamente, en la homilía de la clausura del Sínodo sobre la nueva evangelización) y recurrir al entusiasmo, fruto de la convicción de la vocación misionera. Me parece que esta palabra es clave en la nueva evangelización: ¡entusiasmo! Esta expresión – “entusiasmo de comunicar la fe” – se encuentra muchas veces en el Motu proprio Porta Fidei, junto a la expresión “alegría de creer ”.

Afrontemos por lo tanto, nuestro deber con entusiasmo, aunque pueda parecer que estamos sembrando con lágrimas (cfr. Sal 126, 6). Y cómo no concluir, a este respecto, con las estupendas palabras de Pablo VI, en la Evangelii Nuntiandi: “Conservemos, pues el fervor espiritual…. Hagámoslo – como Juan el Bautista, como Pedro y Pablo, como los otros Apóstoles, como esa multitud de admirables evangelizadores que se han sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia – con un ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir. Sea esta la mayor alegría de nuestras vidas entregadas. Y ojalá que el mundo actual – que busca a veces con angustia, a veces con esperanza- pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo” (n. 80).

En el n. 13 de Porta Fidei, el Papa, basándose en el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos, presenta un elenco de las personas que han creído y de los admirables efectos que la fe ha tenido en sus existencias: “Por la fe, María acogió la palabra del Ángel… por la fe los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro… por la fe los mártires entregaron su vida….” Etc. ¡Que hermoso sería que al final de este elenco pudiéramos añadir un párrafo con este contenido: por la fe, la Iglesia en Venezuela ha sabido superar con paciencia y amor las dificultades internas y externas, por la fe ha sabido infundir esperanza y confianza, vida y reconciliación, solidaridad y paz, frente a las incertidumbres y a los temores del presente y del futuro; por la fe ha sabido revelar, aún en medio de las sombras, el misterio del Señor, hasta el día, en el cual, finalmente resplandecerá en la plenitud de la luz (cfr. LG. n.8).

Este párrafo maraviloso ya lo ha escrito la Iglesia en Venezuela, y lo seguirá escribiendo con renovada conciencia y con renovado entusiasmo. Este es mi augurio para esta Asamblea y para su trabajo, que acompaño con mi oración y que confío a la intercesión de Nuestra Señora de Coromoto, nuestra Patrona, Aquela que es feliz porque ha creído (cfr. Lc. 1,45).

Gracias por su amable atención.

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Esta entrada fue publicada en 8 enero, 2013 por .
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